Thursday, June 30, 2011

La meditación, pequeños alcances.


“Hay muchos que piensan que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres”. Ese es el pensamiento de muchos católicos a ultranza expresado por Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos. Sin embargo, para los budistas, la bodichita (felicidad para todos) es alcanzable, pero no desde un punto de vista material, sino espiritual.
Hace dos años que practico la meditación. No les diré que soy un conocedor de la disciplina, pero sí les diré que soy un tipo que cada vez se sorprende de los pasos que da y alcanza. Quizás nunca llegue a la cumbre, pero estoy disfrutando el ascenso. Meditando tuve momentos de felicidad increíbles. Con decirles que una vez estuve junto a Dios, bastaría. No pude verle el rostro, porque mi intelecto (eso de pensar y tratar de explicar todo) me jugó una mala pasada. Justo en el momento que Dios me iba a regalar el momento de ver su rostro, mi mente se fue hacía otro punto y perdí mi ‘objeto’ de concentración. Dios en mi meditación era un niño pobre, vestía harapos y estaba tirado de espaldas en uno de los jardínes neoyorquinos de Long Island, mi mente pensó ‘Dios no puede ser un niño harapiento y sucio’. En ese momento el encanto se esfumó y me vi transportado por otros caminos no tan sorprendentes como el que les refiero. No sentí miedo, lo que experimenté fue una profunda y grata curiosidad. No era el momento, supongo, pues antes debí pasar por el túnel de luz por el que se dice uno transita para pasar de esta consciencia a la siguiente. Además, quien era yo para juzgar y decir ‘Dios no puede estar tirado en un jardín’. Dios, siendo quien es, puede ser quien le plazca: una roca, el hueso que se suelta de una mano, una rosa o una mariposa. En fin, la experiencia no se ha vuelto a presenter, pero a veces sé que busco revivir esa experiencia.
A quienes les refiero esta experiencia me han preguntado de todo, pero muchos están interesados en saber con exactitud qué es meditar. Y creánme que no tengo una respuesta que aclare el panorama en su totalidad. Sé por lo que he leído que meditación es una profunda concentración de la mente humana en uno de los aspectos divinos: luz, amor, compasión, alegría, paz, perdón. Pero uno también puede concentrarse en una profunda oscuridad para encontrar la luz. La luz de la esperanza que no se debe perderse. Concentrarse es lo difícil. Y eso es así, porque nuestra mente está acostumbrada a pensar, divagar y perderse –muchas veces- sin control, como sí alguien ajeno a nosotros le diera cuerda para que hiciera su trabajo de manera independiente, sin importarle –a veces- nuestro bienestar. Pero uno de los mecanismos que tenemos los seres humanos para controlar la mente y su ejercicio constante de pensar es la respiración. Con la respiración pausada, rítmica y constante abrimos un camino para llegar a lo que todos tratar de llegar: controlar el pensamiento humano sufriente y hallar la felicidad.
Ser capaz de controlar los pensamientos y las emociones negativas es un privilegio. Ser capaz de decirle ‘alto’ a la mente es algo que sólo quienes practican la meditación con disciplina pueden lograr. Por eso el primer paso es fijarse en el “objeto”. Recuerden que Buda encontró lo que buscaba en un flor de loto y que premió a uno de sus discípulos como su siguiente seguidor cuando el monje comprendió el mensaje.
No sólo hay que fijarse en una flor de loto, sentarse a mirar un ocaso puede ser el primer paso para comenzar nuestra meditación, ver el constante vaivén de las olas puede ser otro. La mente gusta centrarse en muchos ‘objetos’ para descansar y relajarse.
Para quienes cuestionan la meditación y la tíldan de ejercicio de ‘evasión de la realidad’, les diré que hay un ejercicio de meditación que se enfoca y busca su ‘objetos’ en la realidad. Muchas veces tenemos un problema que nos agobia sin que logremos dar con la solución. La meditación viene en tu ayuda. Concentrando la mente en el ‘objeto’ uno llega a visualizar –desde distintos ángulos- y llega a la conclusión. Se imaginan al meditante observando ahora las conclusiones como si fuera un niño concentrado en jugar con sus juguetes o a un científico concentrado en lo que está estudiando. Quien medita logra también desde su cómoda posición –sentado en una silla, en posición de loto- observar con detenimiento todo el problema y cambiarlo desde la raíz. Se vuelve un entomólogo de sus propios bichos negativos.
Hace algún tiempo atrás escuché una entrevista al escritor estadounidense T.C. Boyle quien hablaba de su último libro de cuentos. El autor de ‘Wild child’ había leído en un diario que en una zona de Pakistán existió un niño que sufría de analgesia. Hasta los 14 años se exhibió en cualquier pueblo cortándose o hincándose sin experimentar dolor, hasta que llegó al último y definitivo acto: tirarse de un alto edificio. Y precisamente antes de escribir uno de los relatos contenidos en el libro, Boyle se puso a meditar en el dolor. ¿Es necesario que un ser humano sienta dolor? se preguntó inicialmente y encontró la respuesta que buscaba. El hecho de experimentar dolor nos previene y mantiene vivos. Un individuo sin dolor podría entrar a un círculo de fuego sin reparar demasiado en que se están quemando sus piernas, sus pelos y su piel e iría desapareciendo como el personaje principal de ese hermoso cuento escrito por Jorge Luis Borges titulado “Las ruinas circulares”. Stieg Larsson tiene también un personaje que sufre de analgesia y es medio hermano de Lisbeth Salander, uno lo encuentra a partir del segundo volumen de su saga ‘Milenio’. Centrarse en un punto de la realidad y meditar es sin duda una forma de buscar equilibrio y paz.
Los grandes meditadores budistas tibetanos sugieren meditar de manera altruísta. Cierra los ojos, coloca tu ‘yo’ hacia tu derecha y en la izquierda a todos los humanos sufrientes, incluye en este grupo a tus enemigos y comienza a buscar compasión. Primero por tu alma doliente a la derecha y luego por las almas a la izquierda, observaras que paulatinamente te irás inclinando a la izquierda, es la tendencia natural de los humanos, buscamos más. Lograr compasión por más número de personas es beneficioso para tu alma. Ojo, aquí algo importante. Se ha demostrado –gracias a los MRI- que el más beneficiado con este tipo de meditación es el meditante. Cuando uno pide compasión se beneficía el lóbulo frontal izquierdo del cerebro, lugar donde se percibe la mayor sensación de felicidad para el ser humano. Pidiendo la felicidad para todos, uno consigue mayor felicidad.
Para comenzar busca un lugar tranquilo en casa, mientras los niños duermen en la noche o muy temprano en la mañana. La posición debe ser cómoda, nadie te castigará si no logras una posición de loto. Un mueble acogedor de la sala, puede ser suficiente. Relaja el cuerpo. Cierra los ojos. Respira, respira, sin esforzarte. No prestes demasiada atención a tus pensamientos, déjalos que se muevan a su antojo. Es como agua que hierve y hace bulla. Busca un punto entre tus cejas. Respira profundamente, con ritmo muy lento. Mientras más concentremos la mente iremos hallando un mayor equilibrio. Quien medita se llega a convertir en alguien ‘ajeno’ que puede llegar a ver los propios pensamientos de su mente. Es como soñar y ver la alucinación, marcando cierta distancia. Riendo y corrigiendo lo que ve. La meditación tiene sus caminos, respirando uno se concentra (recuerde, no es fácil concentrarse porque al principio la mente divaga, el inicio es elusivo). Al principio uno descubre que la mente anda muy distraída, pero sí uno tiene la determinación de meditar irá ganando en el proceso de manera gradual. No pierdas de vista el punto situado entre tus cejas, con calma entenderas y lograras el objetivo. Al final lograras encender una vela y tu llama alumbrará ante cualquier tempestad que se presente en tu camino.

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