Friday, February 15, 2013

Tan lejos y cerca de mi padre.


Hace quince años que ocurrió la desaparición física de mi padre. Parece ayer, pero ¡qué largo y vacío ayer! Cuánto cariño robado, sólo abrazando tu recuerdo. Cuántas palabras no dichas, cuánta risa no compartida. Aquel día viejo explotó un espejo. Se hizo añicos. Te volviste agua que volvió al mar. Nos dejaste apenas tu olor de agua de colonia, tus camisas blancas con el cuello almidonado, siempre pulcras, pulcrísimas. Ahí, en ese ropero de caoba, aún están tus cosas y en mi corazón guardo lo mejor de ti: La bondad, la felicidad, aunque la felicidad fuera muchas veces ajena y se desintegrara como una burbuja.

Los últimos días.

En sus últimos días no pude ver a mi padre. Estaba en el hospital esperando ser llevado al quirófano por un problema prostático y yo estaba en casa, enfermo. Antes yo había estado en la selva, pero al saber que mi padre iba a ser operado, regresé a Lima, de inmediato. Tenía un presentimiento. Un presentimiento que se incrementó por algo que ocurrió mientras estaba de vacaciones. En la casa de un amigo moyobambino, buscando el baño, abrí la puerta equivocada y me di con la habitación de su hijo de apenas cinco años. El niño tenía un anaquel pegado a la pared donde se podían ver sus juguetes. Muchos juguetes de peluche, de plástico, mecánicos y de pronto algo se movió. Fue un movimiento lento, medido, zancada larga, ojo atento, avanzó entre los juguetes con sus enormes patas flacas. Me alarmó.¿Qué hacía un ave caminando allí, cuando todo estaba cerrado? me pregunté y las respuestas se dispararon en una fracción de segundos.
No sé hasta hoy el nombre de aquella ave silvestre parecida a una garza pequeña y de color marrón.
Me alarmé por una experiencia pasada, cuando mi abuelita materna falleció; un jilguero se metió a la casa, deambuló por donde quiso, le abrimos la puerta y se fue, desapareció volando. Al día siguiente mi abuelita expiró.
'Vaya terrible coincidencia', pensé. ¿Alguien va a morir? Llamé de inmediato a mi amigo para mostrarle mi descubrimiento e ipso facto me preguntó '¿bueno o malo?'. Sentí su temor, se parecía al mío, pero preferí no darlo a notar y repregunté, ¿tú qué quieres? El dijo: bueno. 'Bueno entonces', añadí de inmediato, queria derrotar a mis pensamientos negativos.
Más tarde, deseando no contagiar mi temor, pero sin dejar de pensar en lo peor, conté el asunto de la pequeña ave zancuda a algunos amigos de la selva. 'La hubieran matado', dijeron algunos. 'Es ave de mal aguero', agregaron otros. Alimentaban mi presentimiento. Se incrementó así mi negatividad.
Ya había hablado con mi madre y ella me había referido lo que ocurría con mi padre. Estaba internado. Así que de inmediato fui a una agencia de viajes, indagué por un ticket de avión y a la tarde siguiente volaba a la capital peruana.
Vi a mi padre, al regreso, lo visité, lo abracé, lo besé, charlamos. Se notaba algo cansado, muy ojeroso y algo pálido. No reparé mucho en eso hasta su deceso, se veía demacrado, con ojeras que gritaban. No fui a verlo porque la preocupación me golpeó por dentro y me vi envuelto en un lío que si bien se puede decir parecía el sinónimo de una intoxicación intestinal.
Si hubiese sabido leer mi organismo, me hubiese opuesto a la cirugía, pienso hoy. Había algo así como un mandato “para eso” y yo no escuché.
No vi a mi padre en sus últimos días y él se debe de haber sorprendido al no verme. Aunque él sabía que andaba con mis constantes correrías al baño y aducía el problema a un virus selvático, comida en abundancia, licores de raíces, entre otros desbarajustes. Lo operaron, salió bien de la sala de operaciones, pero la desgracia ocurrió dos dias después. Un domingo 15 de febrero, a las 6.00 a.m. alguien llamó a casa diciendo que mi padre se había puesto mal, grave. Mi madre contestó la llamada y al escucharle decir que mi padre se moría, salté de la cama, me meti a la ducha y enfilamos al hospital.
Vaya maldita sorpresa. Fui el primero en ver el cadáver de mi padre, pedí al enfermero que le quitara las sábanas y pude ver lo que quedaba de él. No era el mismo, me acerqué a su cuerpo llorando, lo besé y lo sentí frío, muy pálido y su hermosa nariz respingada habia sido afeada por una gran cantidad de algodón que lo taponeaba. El enfermero me dijo al escucharme llorar desconsolado, 'no alarmes más a tu madre, dale valor'. Abracé a mi madre y no lloré más.
Cuánto me hubiese gustado estar al lado de mi padre en esos sus últimos días, pero no pude. Estuvo solo, sin ninguno de sus familiares al lado. ¿Cómo habra sido aquello? Me pregunté varias veces.
Un día, no muy lejano de la partida de mi padre, ocurrió algo sorprendente. Mi amigo, el padre del niño donde nos topamos con el ave del presagio, cayó enfermo y llegó trasladado a Lima desde la selva. Se recuperó rápido felizmente. Antes, fui a verlo y junto a él habían muchos pacientes aquejados de problemas hepáticos o gastroenterológicos, casos severos, enfermos muchos con cáncer pancreático o de hígado. Muy cerca a su cama, una viejita murió rodeada de sus hijos y nietos. Ni bien fui a ver a mi amigo ocurrió un deceso frente a mi, de alguna forma mi padre me decía 'así he muerto, tranquilo'. La mujer parecía dormir rodeada de sus seres queridos. Envidié eso para mi viejo, pero sé que mi padre me decía que no me preocupara. Todos habíamos estado juntos en espíritu. Nadie le dijo nada a esa mujer. Tras constatar su muerte, muchos rompieron a llorar. El cuadro fue desgarrador para mi que venía de una experiencia parecida por lo que abandoné la sala. Qué me hubiese gustado decirle a mi padre en aquel momento de su partida, me pregunté.
Pensé que me había preparado para dar el último ádios y no pude.
Desprevenido como uno anda frente a la muerte, ésta se volvió a presentar cuando un primo muy querido, quien también se vio sorprendido con el bang! de un arma de fuego que tenia en la mano, se pegó un disparo mientras bromeaba. No murió rápido. Joven y lleno de salud, luchó con todas sus fuerzas por quedarse, pero la herida fue tremenda, mortal. En la sala de cuidados intensivos, no supe que decirle. Me dolía el hecho al constatar que lo perdíamos tan chiquillo, lleno de vida. Cuando estuve a su costado no sabía que decirle. Mi padre llamaba a mi primo 'campeón o avioneta'. Cuando algo ocurría, mi padre de inmediato le decía, 'Uy caray, se cayó la avioneta'. Mi primo reía, se paraba y volvía a lo que estaba haciendo, casi siempre algunas travesuras. Así que el campeón voló y se fue a ver a mi padre.
Hace algunos meses atrás, leyendo a un monje budista de Vietnam, me enteré que en esos últimos momentos hay un diálogo muy intenso con el agónico, pero son pocos quienes pueden establecer esa conexión. El monje lo contaba. Sentado al lado del amigo agonizante le tomó de la mano y guardó silencio. Luego comenzó a recordarle y agradecerle todo el esfuerzo que había hecho por el bienestar de la gente, había puesto el pecho en la tarea, sin importarle su propia vida. Habían estado junto y pese a temer lo peor habían resultado sin un rasguño. Bastaron dos episodios valientes que el monje le recordara para que el moribundo saliera de ese estado vegetativo, le apretara la mano con fuerza y tras un silencio, expirara, acababa así aquel tormento tras una penosa enfermedad. Me gustó aquello.
Hace poco acabo de leer otra experiencia muy hermosa del psiquiatra Arnold Mindell quien refiere que un paciente en agonía puede conectar su conciencia con los demás de manera sorprendente. Al visitar a un ex veterano de Vietnam, en estado de coma, el enfermo abrió de improviso sus ojos y preguntó.
-¿Viste eso?
-¿Qué?- respondió el psiquiatra.
-Un barco.
-Súbete de inmediato, vamos.
-No, debo ir al trabajo.
-Antes de eso por qué no te fijas a dónde va
-Dice que va a Bermudas.
-¿Y cuánto cuesta el ticket?
-Nada, el viaje es gratis.
-¿Y quién esta a cargo del barco?
-Un ángel -contestó el enfermo.
-Vamos anímate, anda a visitar Bermudas.
-¿Y si no me gusta?
-Te bajas y vienes de regreso.
-Caray, nunca tomé vacaciones en Bermudas.
-Vamos es tu oportunidad.
-Voy a confiar en ti, me subiré al barco.
Así es, el veterano cerró sus ojos y treinta minutos después expiraba. Iba rumbo a Bermudas.
Vaya, mi primo se subió a su avioneta y arrancó llevándose los mensajes para mi viejo, nos habia visto, lo habiamos ido a despedir. Voló y voló hasta lo más profundo del cielo.
Desde Lima, mi tía, su madre, se lo llevó de vuelta en un avión directo a Moyobamba, donde descansa en paz. Seguramente mi padre y después su padre velan por él.


1 comment:

Nestor said...

Me imagino que esto no es ficcion... siempre sentimos lo que "pudieramos" haber hecho antes que nuestros seres queridos pasen a major vida. Por eso aprendi, mucho tiempo atras, a decir "te quiero", "te estimo", "eres especial Para mi" y muchas otras frases de carinio.
Te estimo y eres un gran ser Juanito. Sigue adelante explotando el talento que Dios te dio.