Tuesday, September 13, 2011

Soy falso, hay testigos.


“Soy falso, hay testigos”.
Así comencé un relato que no sé cómo seguir.
¿Quién podría confesar algo tan íntimo? ¿Un valiente o un cobarde?.
¿Quién podría ser el antagonista? ¿Alguien tal vez más falso que detesta mirarse al espejo?. No sé, el proceso creativo y el trabajo constante irá moldeando la historia.
La acción determina quién es quién. Siempre había escuchado esta afirmación literaria, pero nunca había profundizado en la misma. Hasta hoy que escuché un ejemplo que me aclaró el asunto.
Si alguien encuentra a un gatito desválido en plena calle y lo toma entre sus manos con cariño, lo acaricía y remeda su maullido, diremos que se trata de alguien que ama a los animales. Pero sí encontramos a alguien que en vez de acariciar al miníno le da una patada, diremos que se trata de un desalmado. La acción determina entonces quién es realmente el personaje.
Aprendí algo más, lo que el personaje lleva en el bolsillo determina también de quién se trata. No es lo mismo el bolsillo de un millonario sí lo comparamos con el bolsillo de un pordiosero. A las tarjetas de crédito del primero, quizás se oponga una pequeña tarjeta con la imagen de una santa o un Cristo, en el caso del segundo. Quizás en el caso del primero veamos las llaves de un auto deportivo, mientras que en el caso del segundo, sólo se vean monedas que han sido recogidas de entre las limosmas que se dejan en la canasta de una iglesia. Me acabo de mirar al bolsillo y descubrí algunas cosas que con sutileza dicen 'este eres tú'.
A la acción que determina quién es el personaje, se suma el concepto del lugar donde se desarrolla la acción. Sí una novela o un cuento es básicamente conflicto, el lugar donde se desarrolla la acción sirve para aumentar ese conflicto. Si un personaje se encuentra subiendo una montaña, el esfuerzo por alcanzar la cima es un detalle que enriquecerá la historia. Sí el personaje está en el desierto, su lucha con la arena, el calor, la sed y el cansancio hará que la historia se enriquezca hasta límites insospechables.
En la pequeña novela “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway, veremos a un pescador luchando contra la inmensidad del mar y todos los seres que pueblan esas aguas para salvar su inmenso pez espada. A sus pocas fuerzas, se le opondrá las olas constantes que golpean su bote y tratan de hundirlo, los tiburones que en gran número llegan a arrebatarle su presa, el cansancio que intentará doblegarlo. Ante la adversidad veremos a ese hombre tratando de probar que no es un tipo cualquiera. En su lucha, aunque no gane la presa, habrá ganado algo más importante como persona: el valor de saberse un luchador a largo y ancho de todos sus fibras. Un pescado, por muy grande que sea, nunca se podrá comparar a la grandeza alcanzada en esta historia.
Lo que usemos también debe prestarse al relato, no en vano Chejov decía 'si aparece una pistola en escena, en algún momento tendrá que dispararse'. Sino ocurre nada con esa arma, el lector se quedará como burlado, pues le negamos la posibilidad de escuchan el bang! del disparo.

Tres escritores, tres experiencias.

Lo que uno vivió también determina lo que en el futuro se escribirá, más aún sí esas experiencias ocurrieron en la niñez o han sido trágicas y traumáticas. Es el caso de tres escritores estadounidenses.
Ray Bradbury, autor de 'Las criaturas del tiempo olvidado', dice que vivió muchos años escribiendo pequeñas historias hasta que logró escribir una que lo hizo feliz y realizado. Siendo niño y mientras se bañaba en un lago de Michigan su amiga murió ahogada y lo que es más, Ray nunca pudo ver su cuerpo rescatado. Esa experiencia lo acompañó por años, hasta el día que logró escribir “El lago' donde recreaba dramáticamente la historia que le tocó vivir. La historia fue llevada al cine y me encantó.
Paul Auster contó alguna vez que siendo un niño scout salió con su patrulla al campo. Mientras estaban preparando el campamento comenzó a llover, asi es que corrieron al bosque para lograr alcanzar leños secos que les permita hacer fuego que los mantuviera calientes y les posibilitara hacer el té. Justo cuando se hallaba junto a uno de sus compañeros cumpliendo la tarea, cayó un rayo que fulminó a quien estaba a su derecha. ¿Por qué él y no yo? Es una de las preguntas que Auster se repite. Desde entonces, ese amigo va con Auster a donde sea y a veces le va soplando las ideas que pone en sus historias.
Darin Strauss es otro de los escritores quien en sus memorias 'Half a Life: A Memoir' confesó que había matado sin intención a una adolescente el primer día que consiguió salir a manejar el auto que sus padres le habían obsequiado. Desde entonces esa joven no se ha ido de su lado. El escritor ha insistido en esa dualidad y escribió también una novela dedicada a los hermanos Chang y Eng, conocidos siameses chinos que trabajaron en algunos circos estadounidenses, exhibiendo sus cuerpos pegados para poder sobrevivir. El espectáculo los anunciaba como algo nunca visto. Sin duda, los hermanos se convirtieron en uno suerte de alter ego del escritor. Hay que recordar que cuando uno de los Cheng murió, el otro sólo espero con resignación su partida. “Cuando uno mata, uno va muriendo con quien mata”, dice el escritor.

Algo inolvidable.

Si a mí me preguntaran qué me impactó, no sabría que contestar con exactitud. Cuando tenía 10 años, un hermano de un compañero de clases murió ahogado. Lo había visto antes pasar a galope en el caballo alazán de su padre y me asustó verlo cabalgar “a pelo”, temí que se cayera. Murió cuando trató de cruzar el río. No pudo llegar a la otra orilla porque el agua lo arrastró y desapareció su cuerpo por varios días. Cuando fui a la casa de los deudos, en una mesa velaban su ropa: un pantalón y una camisa, como sí su cuerpo se hubiera esfumado. Hasta que algunos días después lo encontraron algunos kilómetros río abajo. Nunca vi su cuerpo, lo enterraron cuando yo estaba en la escuela, dando el examen de división de decimales.
A los 10 años también, una vecina enloqueció y fue atada a una de las columnas del patio de su casa. Ahí la vi atada con cadenas. La joven de un poco más de 25 años estaba desnuda, se despojaba de sus vestidos cada vez que la vestían. A mi corta edad la escuché llamarme con descaro y me sorprendió la seducción grosera que salió de su boca, eso me perturbó y a veces suelo escucharla. No sé cuánto tiempo ella permaneció atada y loca. Algunos meses después la vi pasar vestida en compañía de sus padres. Iba cabisbaja, en actitud penitente. Supe luego que iba a misa. Un brujo la sanó, chupó su espalda y logró sacar de entre sus costillas algunos gusanos que a decir del chamán le producían el severo trastorno. Después de curada, no duró en el pueblo. Desapareció, voló a Lima, dejando para siempre la selva mágica que la habia hechizado. En la capital peruana se convirtió en enfermera. Nunca más volví a verla.
Mi padre me recordaba algo que pasó con un primo suyo, cuando desoyó a su padre. Yo lo había visto morir a mis escasos seis años, aunque no lo recuerdo con exactitud. Mi padre lo recreaba algunas veces. El joven de 17 años había decidido ir de cacería con un amigo, pese a la negativa del tío Abel. Cuando los dos muchachos se encontraron comenzaron a pelear con el arma, porque ambos querían llevarla al hombro, ostentosos. El primo de papá olvidó que ya había cargado el arma y mientras se jaloneaban, uno de los dos soltó el seguro y luego en la pequeña disputa jaló el gatillo, los perdigones de la escopeta salieron y alcanzaron muy cerca el cuerpo del joven, quien murió desangrado, llorando porque no deseaba morirse.

No comments: