Saturday, October 20, 2012

"Lugares comunes' para verla y pensarla.


La vida significa lucha, deseo de seguir, enfrentarse aunque lo que venga sea nada. Todo depende de la voluntad de alguien para continuar. Si eso se acaba, es como cerrar el grifo del lavabo o apagar la luz. ‘Lugares comunes’ tiene ese mensaje y sin duda otros más. ¿Por qué un insurgente, de pronto se da cuenta, lúcido, que ya no hay sentido de estar?. Ni siquiera se aferra al amor incondicional de una mujer, sencillamente decide irse, ¿por qué ya es tiempo?¿ eso es la lucidez? Le han quitado algo y como un niño engreído, se molesta, se fastidía y ‘me voy’. ¿Algunos somos eso cuando envejecemos? ¿Cuando somos viejos contamos con juguetes distintos, pero siempre juguetes? ¿Trastocamos eso que tuvimos por algo que también a futuro ‘tuvimos’? Suena extraño, no es cierto?.¿ Así somos?
¿La vida es un juego para los niños que comparten sus juguetes? ¿Quienes juegan solos no disfrutan?. Quienes hayan visto ‘Lugares comunes’ tienen la oportunidad de pensar en esto y mucho más, porque a eso nos empuja el personaje principal. A creer que no hay verdad, que toda verdad es relativa. Que la verdad duele y, ¿quizás duela tanto para que uno decide irse?
La película del director argentino Adolfo Aristaraín comienza contando la historia de un profesor a quien jubilan de improviso, sin importar que sea bueno, lúcido, insurgernte. Un professor quien de pronto enfrentado a la realidad se siente lanzado como un toro a la ‘arena’, donde tendrá que lidiar con todos, no importa que el enemigo este lejos, en las graderías. Lo cierto es que se sabe sacado del contexto y decide hacer lo que todo ‘animal’ hace, esperar al torero quien decida la hora que aún no esta decidida. La final. Claro que nosotros no somos animales, tenemos recursos, mañas, sabemos bailarle al torero, tal vez podemos ganarle, acabarlo (algo difícil)  o tal vez lograr el ansiado indulto, luchando.
¿Acaso piensan algunos que sin enfrentar al torero lograremos algo? Este es otro tipo de ‘arena’. Aquí no hay pañuelos blancos, ni cuerdas que nos guien a salir. Aquí lo único que  nos queda es enfrentarnos sin esperar un final.
Ese profesor corajudo, franco, que no se calla lo que piensa, sencillamente se asusta ante el griterío de las tribunas invisibles de la calle y decide lanzarse sin más hacía la espada del torero para el estoque final. ¿Por qué no lucha, sí es lo que predica? ¿Por qué no cumple lo que le dice a su hijo: ‘no claudiques, no te vendas’. Pero él se vende, no por un plato de frejoles, sino simplemente por unas flores de las que quiere arrancar un perfume sin ni siquiera saber cómo.
Fer, muy bien interpretado por el buen actor Federico Luppi, es despedido dejando antes de irse definitivamente una clase magistral, tal vez lo mejor sea recordarlo: “profesores, enseñen a sus alumnos a pensar, sin valorarlos por sus respuestas, las respuestas no son la verdad. Hagan que sus alumnos despierten y obtengan la lucidez de la verdad, una verdad sin límites, sin piedad”.
Ese professor despedido, de pronto se ve impelido a salir por la fuerza y como un pez fuera del agua se asfixía, no puede respirar, vuelve a la tortura del cigarillo como aire, al trago como catalizador o filtro. Su mujer esta allí y él no la ve. Parece no aceptarla. La que ha sido su confidente, tiene que arrancarle a trocitos la verdad. Le han quitado algo que tenía, ¿era lo unico? ¿Acaso no estaba escribiendo una novela?
Para tomar otro respiro decide ir a otro mundo, deja sudamerica para visitar Europa, España para ser preciso. Ahí vive su hijo, el mismo que también ha renunciado a ser escritor, un escritor con un libro que prometía, que ha cambiado su porvenir por un plato de lentejas. Es lo que le molesta a Fer, quien no acepta que su hijo también este renunciando a lo que el ya renunció. Su futuro, el mundo.
Encontrándose en una pecera que tampoco es soportable, decide volver para seguir asfixiándose e intoxicándose. Guarda los libros, incluso los pocos y más útiles (¿cuáles serían esos 10 ó 20 libros que sólo deberíamos leer  y releer?. Sin embargo, jamás uno debe ser lector de un solo libro. Estoy pensando en voz alta y escribiendo).
Fer decide adentrarse al campo, a la tierra, como un anticipo de ir a la tierra final. Todo lo vemos a través de los ojos de su esposa Lily (Mercedes Sampietro, una actriz genial que cosechó muchos premios gracias a este papel). Esa mujer como una diosa nos guía con ternura a ver cómo se va hundiendo su marido, ella intuye lo que puede pasar y como buena aliada lo acompaña. ¿Quién puede hacer algo contra la muerte cuando sabe que se aproxima? Allí esta la mujer a su lado, ayudándole, Fer enfurecido como un niño engreído, va creciendo para abajo. (Que idílica forma de ver el matrimonio en ‘Lugares comunes’, si eso fuera  posible. Claro que es posible). Ella lo pierde todo, incluso su casa heredada de sus padres, para aceptar la finca, el ranchito donde se trata de establecer lo perdido desde 1784, el lugar donde se puede lograr la Fratenidad, la Igualdad y la Libertad. No es por nada, pero Fer sigue creyendo en eso. Es el mundo irreal, el lugar que ya no existe. El lugar donde a él le gustaría pertenecer. Pero negarse a lo que existe, cuesta y eso hay que pagarlo con creces. Entonces,  como no hay tal mundo, decide con lucidez dolorosa, alejarse, irse de manera definitiva.
No importa sí ve fogonazos de que ese mundo también puede ser posible. Ahí esta Tutti Tudela, la extraordinaria figura femenina que emana de la biblioteca, de los libros, como un hada que aparece de repente, a quien se le niega su existencia.  No se puede, ella parece de fantasía y sin duda no puede ni alcanzar a la esposa que es real y concreta. Claro, más terrenal, pero a la vez tan alta: una diosa. ¿Qué mujer puede alcanzar a otra, cuando los zapatos que usan son distintos? Ni los tacos sirven, porque son artificiales.
Y esos manotazos de ahogado que da Fer para subsistir. Fácil aquí imaginarlo como un pez salido del agua, saltando y saltando para tratar de volver a su habitat. Vaya, hasta le pide un préstamo a su hijo, como tratando de cogerse del capote de un torero, no por nada la ayuda viene de España y de allí enrumba a la Argentina, a Córdoba cuando sabe o sospecha que su padre ha entrado a la ‘arena’ donde tiene que esperar que le quiten las banderillas. Así el minotauro debe luchar esperando a Teseo.  Fer no le ha dado la oportunidad a Lily, se niega a su ayuda, no hay hilo que reciba, él no es Teseo, hay que recordarlo, es el otro. Aunque quizás ese sea su mérito, el de ir solo, el de enfrentar con coraje al que viene sin rostro. No es por nada, pero los hombres deciden quedarse o irse y es una pena que los médicos no crean totalmente en el precepto de la lucha interna y solo esperen la ayuda de los antibióticos y demás pastillas como única alternativa. Fer sucumbe porque él, como algunos médicos ,no cree en lo invisible. La lucidez duele y sí uno así lo juzga, también mata. Fer deja su mundo. Esa es la contradicción humana del personaje: insurgente en palabras, débil al enfrentar la lucha verdadera, la que puede ser la lucha final. Lily su mujer se queda en el mundo y de Fer, no sabemos qué hallará en el otro mundo. Felizmente le sobrevive Lily. Si hubiese  sido lo contrario, él no hubiese durado mucho. Se hubieran apagado dos fuegos. Quedó el más fuerte, sabio y amoroso.

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